martes, 6 de diciembre de 2016

"...Con cuidado abrió la puerta sin hacer ruido. Allí estaba, inmóvil y sola, hoy sin ningún acompañante junto a ella, inerte. Tapada con una fina colcha que dejaba traslucir la silueta de su cuerpo. Pasó hacia dentro con sigilo y se dirigió a comprobar que todo estaba bien. Ella, con la cabeza algo ladeada hacia su derecha, no hizo ningún gesto. Tras hacer una observación visual, se dirigió a los ventanales a bajar un poco las persianas para que no entrara demasiada claridad regresando después y poniéndose en el lado opuesto de la cama, junto al armario, para observarla por unos minutos. La respiración de ella era constante; como si estuviera durmiendo plácidamente. Se fijó en su belleza, en sus rasgos faciales, en la nariz, en la boca que tenía un gesto elegante; sus ojos cerrados algo rasgados; sus cejas delgadas y separadas; sus mejillas redondeadas con leves tonos rojizos, enjutas, que dejaban ver levemente la marca de una fina mandíbula; sus labios ahora blanquecinos, delgados y herméticos; su cuello, estrecho y largo, distinguido y estilizado..." (El Tiempo con Olga)

miércoles, 11 de septiembre de 2013

GOETHE Y LA LÍRICA DE LA PASIÓN

“¡Qué bien me encuentro, ahora que mi corazón puede sentir la sencilla e inocente delicia del hombre que pone en su mesa una col cultivada por su mano, y en un solo instante vuelve a disfrutar no solo esa verdura, sino todos los hermosos días, las hermosas mañanas, en que la plantó, las deliciosas tardes en que la regó y en que disfruto viendo su crecimiento continuo!... lo que ha de ser Carlota para quien esté enfermo, lo noto en mi propio mísero corazón, que está peor, ahí dentro, que muchos que sufren en el lecho del dolor… Mi corazón entero estaba lleno en ese momento: el recuerdo de tantas cosas pasadas me oprimía el alma, y las lágrimas me brotaban en los ojos…Todo el cálido sentir de corazón en la viva Naturaleza, que me invadió con tanta delicia, convirtiéndome alrededor el mundo en un paraíso, ahora [cuando las expectativas de amor con su amada han fracasado] se me convierte en un tormento insoportable, en un espíritu de sufrimiento que me persigue por todos los caminos. Cuando yo extendía antes mi mirada desde la rocas, sobre el río, hasta aquellas colinas, por encima del fértil valle; cuando veía aquellas montañas, revestidas de espesos y altos árboles desde los pies a la cabeza, y veía todo a mi alrededor manando y germinando…Delante de mi alma se ha retirado como un telón y el escenario de la vida de la vida infinita se transforma ante mí en el abismo de la tumba abierta eternamente…” (Los sufrimientos del joven Werther, J. W. Goethe en su segunda versión de 1787) El 22 de marzo de 1832 moría en Weimar Johamn Wolfgang von Goethe contando con casi ochenta y tres años de edad y una increíblemente pródiga actividad literaria. Máximo exponente del “Sturm und Drang (tempestad e ímpetu)”, de la lírica alemanas del último tercio del siglo XVIII y comienzos del XIX. Discípulo, entre otros, de J. Gottfried von Herder, viejo amigo de su juventud revolucionaria y amigo íntimo de J. C. Friedrich Schiller, su influyente inspirador en sus fases más maduras y cuya inesperada muerte a los cuarenta y seis años provocó un claro vuelco y un retorno a la lírica más pura existencialista, y de los sentidos. Él, junto con Schiller, protagonizaron, desde 1794 y hasta la repentina muerte de éste último, la etapa más productiva y rica de la literatura alemana con obras como Alexis y Dora (1796), y Amyntas, Euphrosyne y el Balladenjahr, todas en 1797, aparte de las Xenias, escritas entre los dos y que proporcionaron a la vida literaria alemana un inusitado vigor por el movimiento ideológico que provocaron, así como también importantes obras de literatura narrativa como Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister y su inolvidable poema narrativo Hermann y Dorotea, publicado en 1797. De él dijo Mary Anne Evans, la célebre escritora británica del XIX (George Eliot) y no sin pasión, que se trató “…del hombre más grande de la letras alemán… y el último verdadero universal que caminó sobre la tierra”, y quizás no se equivocaba en demasía porque el más puro Romanticismo que se inició en ese convulso siglo XVIII y que iba a plasmarse en todas las manifestaciones artísticas de la época, nació a su amparo y no exento de la influencia de los múltiples y vigorosos movimientos ideológicos que salpicaron a todo ese siglo. Un Romanticismo en el que se daba expresión a la subjetividad del hombre, de sus sentimientos y emociones ante la contemplación de sí mismo frente a la naturaleza y la vida de la que se reconoce formar parte inseparable y de la que nuestros fragmentos elegidos son una buena muestra, en los que los sustantivos: corazón, alma, vida, sufrimiento, alegría, dolor, florecen en su máxima expresividad.

domingo, 29 de agosto de 2010

La mirada de Erasmo de Rotterdam

Hoy me complace compartir con vosotros la mirada de un hombre del siglo XVI aunque nació unos años antes de finalizar el XV, en el año 1469: Desiderio Erasmo, aunque más conocido como Erasmo de Rotterdam. El "Rey de los humanistas" como le llamaron sus contemporáneos. Un hombre que ocupó la cúspide de la cultura de su época, de una gran producción literaria, inmensa y variada. Fraile agustino durante unos años salió del convento para ir a estudiar a París y a Bolonia. Entre 1506 y 1509 se doctora en Teología por la universidad de Turín. Amigo íntimo de Tomás Moro y otros eminentes humanistas. Entre sus principales obras está la edición de los Clásicos y de los Padres de la Iglesia, el texto griego del Nuevo Testamento- precisamente el que escogerái Lutero para su traducción a la lengua vulgar-, Trazó en su Enchiridion militis christiani una pauta de la vida cristiana de consecuencias enormes en aquella religiosidad europea del siglo XVI. Trabajó incansablemente en su "Philosophia Christi" entendida como la realización personal e interior del Evangelio. Fue Secretario de Carlos V, profesor de griego en Inglaterra en al universidad de Oxford, rector de la Universidad de Basilea y, aunque nunca estuvo en España, su influjo en las letras y el pensamiento español de los siglos XVI y XVII fue, sin duda, uno de los más determinantes e influyentes de los humanistas e intelectuales españoles del Siglo de Oro. Luís Vives, Alfonso y Juan de Valdés, Juan Maldonado y Alonso Manrique, entre otros le reconocían como maestro de las letras y el pensamiento. Durante varios años circularon sin dificultad por España traducciones de sus obras con una grandísima aceptación, pero el descubrimiento de diversos grupos de "alumbrados" en diversas ciudades españolas, determinó a la Inquisición a intervenir con su energía y crueldad acostumbradas y los libros de Erasmo fueron prohibidos y perseguidos.
El texto escogido en esta ocasión, es un extracto de su obra "El elogio de la locura" escrito en 1509 durante un viaje de Italia a Inglaterra a casa de su amigo Tomás Moro a quien le dedica el libro en sus inicios. "El elogio de la locura" nos ofrece, con un estilo mordaz y una estupenda ironía, la mirada de Erasmo de la Europa del siglo XVI que él conoce bien, "las locuras de una vida perturbada por supersticiones y agresiones de todo tipo". A través de su mirada vamos a poder asomarnos a aquella Europa que vió surgir la Reforma Protestante, el Renacimiento y el resurgir de las artes y de las ciencias; la Europa de Carlos V, de Leonardo da Vinci, de Miguel Ángel y de de Juan y Alonso de Valdes, de Lutero: la Europa Moderna.

"... Hay quien abriga la convicción de que si ve una escultura o una pintura o una pintura de San Cristobal ya no se morirá aquel día. Otros creen a pies juntilas que rezando cierta oración a Santa Bárbara volverá sano y salvo de la guerra, y otro está seguro de que visitando la imagen de San Erasmo en determinados días será protegido por el santo, mucho más si a la visita añade el llevarle velas y regalos, sin olvidar, desde luego, rezarle tales o cuales plegarias. Parece que los que así se comportan con San Erasmo se harán ricos en breve tiempo. Y les parece también a dichas gentes que nunca se ha dado el caso de que falle al protección de aquel.Verdad es que del mismo modo que se inventó un nuevo Hipólito, Hércules se ha convertido en San Jorge. Sus partidarios suelen adorar del mismo modo al santo que al caballo que monta, al cual adornan con jaeces y gualdrapas, procurando atraerse al benevolencia del jinete con todo esto y además con algunas ofrendillas. Hay devotos que juran no por San Jorge, sino por su yelmo de bronce.
Pues ¿Qué no decir de aquellos que se dejan embaucar por los calculistas que como con clepsidra les hablan de la duración del Purgatorio y los siglos, los años, los meses, los días y las horas de permanencia en él, como sise sirviesen de tablas matemáticas?.
¿Y los que confían en que mediante ciertas palabras mágicas o conjuros inventados por cualquier embustero van a salvar su alma, van a recobrar la salud o van a conseguir la riqueza, los altos puestos y al final de una placentera vejez subir al Cielo para sentarse al lado de Cristo?.
Verdad es que no parecen tan impacientes por ocupar tan divino lugar y hacen cuanto pueden por seguir disfrutando los placeres de este bajo mundo, y a la vida se agarran con las uñas y los dientes... Más que de locos pudieramos clasificar de estultos a los que forman en esa caterva de convencidos de que pueden lograr la felicidad suprema, en la vida y más alla de ella, sin otro quehacer que recitar a diario siete versículos de los Salmos, bien elegidos, puesto que fue un excelente demonio quien se los señaló a San Bernardo. Y nada importa que este demonio no pretendiese otra cosa que burlarse del santo. Todo ello y muchas cosas más de semejante estilo, que en verdad averguenzan con su sola mención, no solamente cuentan con la aprobación del vulgo que las cree con la mejor y más estúpida buena fe, sino con el beneplácito de los maestros en religión.
Al mismo orden de cosas pertenece la costumbre de que cada comarca o ciudad tenga su patrono y se le venere de diferente manera, atribuyéndole una virtud particular; y así vemos como tal santo cura el dolor de muelas, tal otro ayuda a las mujeres a parir felizmente, el de más allá está especializado en salvar de naufragios, el de más aca protege los ganados, y así sucesivamente, pues no acabaríamos nunca de citarlos a todos. Pero no podemos menos de indicar que hay algunos cuya virtud alcanza a salvaguardar no una, sino muchas cosas. Esto acontece con la Madre de Dios, que naturalmente ocupa un lugar de excepción, la cual es considerada por el vulgo como una intercesora universal y tenida en casi mayor veneración que el Hijo... Veo que me estoy metiendo demasiado en este terreno de las supersticiones, que por ser infinitas amenazan con enredarme en su maraña. Ya dijo Virgilio que ni aun disponiendo de mil lenguas, de mil bocas y de una voz infatigable, podrían denunciarse todos los géneros de necios que pueblan el mundo, ni enumerar todas sus necedades".

lunes, 4 de enero de 2010

La mirada de Ortega y Gasset

"Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Es el deporte y el lujo específico del intelectual. Por eso su gesto gremial consiste en mirar el mundo con los ojos dilatados por la extrañeza. Todo el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva el intelectual por el mundo en perpétua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaro con los ojos siempre deslumbrados". La rebelión de las masas

viernes, 30 de octubre de 2009

La mirada de Unamuno

"...porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere- sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano.
Porque hay otra cosa que llaman también hombre, y es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas. Y es el bípedo implume de la leyenda... el contratante social de Rousseau, el homo oeconomicus de los manchesterianos, el homo sapiens de Linneo o, si se quiere, el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí ni de esta época o de la otra, que no tiene ni sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir, un no hombre.
El nuestro es otro, el de carne y hueso; yo, tú, lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pesamos sobre al tierra.
Y este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos.
En las más de las historias de la filosofía que conozco se nos presenta a los sitemas como originándose los unos de los otros, y sus autores, los filósofos, apenas aparecen sino como meros pretextos. La íntima biografía de los filósofos, de los hombres que filosofaron, ocupa un lugar secundario. Y es ella, sin embargo, esa íntima biografía la que más cosas nos explica.
Cumplenos decir, ante todo, que la filosofía se acuesta más a la poesía que no a la ciencia... Y es que las ciencias, importándonos tanto y siendo indispensables para nuestra vida y nuestro pensamiento, nos son, en cierto sentido, más extrañas que la filosofía. Cumplen un fin más objetivo, es decir, más fuera de nosotros. Son, en el fondo, cosa de economía. Un nuevo descubrimiento científico, de los que llamamos teóricos, es como un descubrimiento mecánico; el de la máquina de vapor, el teléfono, el fonógrafo, el aeroplano, una cosa que sirve para algo. Así, el teléfono puede servirnos para comunicarnos a distancia con la mujer amada. ¿Pero ésta para qué nos sirve? Toma uno el tranvía eléctrico para ir a oir una ópera; y se pregunta: ¿Cuál es, en este caso, más útil, el tranvía o la ópera?."

(Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida)

martes, 20 de octubre de 2009

"El tiempo es, por naturaleza, un continuo y también cambio perpetuo".
"En efecto, hace mucho que nuestros grandes antepasados, un
Michelet, un Fustel de Coulanges, nos enseñaron a reconocerlo: el
objeto de la historia es, por naturaleza, el hombre. mejor dicho:
los hombres. Más que el singular que favorece la abstracción, a
una ciencia de lo diverso le conviene el plural, modo gramatical
de la relatividad. Tras los rasgos sensibles del paisaje, [las herramientas
o las máquinas,] tras los escritos en apariencia más
fríos y las instituciones en apariencia más distanciadas de quienes
las establecieron, la historia quiere captar a los hombres. Quien
no lo logre nunca será, en el mejor de los casos, sino un obrero
manual de la erudición. El buen historiador se parece al ogro de la
leyenda. Ahí donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su
presa.
Del carácter de la historia como conocimiento de los hombres
se desprende su posición particular frente al problema de la expresión.
¿Es "ciencia" o "arte"? Hacia 1800, a nuestros bisabuelos
les gustaba disertar gravemente sobre este punto. Más tarde, alrededor
de 1890, empapados en un ambiente de positivismo un
tanto rudimentario, se pudo ver cuánto se indignaban los especialistas
del método porque en los trabajos históricos la gente
daba una importancia, según ellos excesiva, a lo que llamaban la
"forma". [Arte contra ciencia, forma contra fondo:] una de tantas
querellas que bien vale mandar engrosar el expediente de la escolástica.
Ño hay menos belleza en una ecuación exacta que en
una frase precisa. Pero cada ciencia tiene su propia estética del
lenguaje. Los hechos humanos son, por esencia, fenómenos muy
delicados y muchos de ellos escapan a la medición matemática.
Para traducirlos bien, y por lo tanto para penetrar bien en ellos
(porque ¿acaso es posible comprender perfectamente lo que no se
sabe decir?), se necesita una gran finura de lenguaje[, un color
justo en el tono verbal]. Ahí donde resulta imposible calcular, se
impone sugerir. Entre la expresión de las realidades del mundo
físico y la expresión de las realidades del espíritu humano, el contraste
es, considerándolo bien, el mismo que entre la tarea del
obrero que trabaja con una fresadora y la del laudero: ambos trabajan
al milímetro, pero el primero usa instrumentos mecánicos de
precisión y el segundo se guía, ante todo, por la sensibilidad
de su oído y sus dedos. No estaría bien que el obrero se contentara
con el empirismo del laudero, ni que el laudero se pusiera a imitar
al obrero. ¿Se podrá negar que así como existe un tacto de la
mano, existe un tacto de las palabras?" (Marc Bloch, Antología para la historia o el oficio de historiador, Mejico: FCM, 2001.)