"En efecto, hace mucho que nuestros grandes antepasados, un
Michelet, un Fustel de Coulanges, nos enseñaron a reconocerlo: el
objeto de la historia es, por naturaleza, el hombre. mejor dicho:
los hombres. Más que el singular que favorece la abstracción, a
una ciencia de lo diverso le conviene el plural, modo gramatical
de la relatividad. Tras los rasgos sensibles del paisaje, [las herramientas
o las máquinas,] tras los escritos en apariencia más
fríos y las instituciones en apariencia más distanciadas de quienes
las establecieron, la historia quiere captar a los hombres. Quien
no lo logre nunca será, en el mejor de los casos, sino un obrero
manual de la erudición. El buen historiador se parece al ogro de la
leyenda. Ahí donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su
presa.
Del carácter de la historia como conocimiento de los hombres
se desprende su posición particular frente al problema de la expresión.
¿Es "ciencia" o "arte"? Hacia 1800, a nuestros bisabuelos
les gustaba disertar gravemente sobre este punto. Más tarde, alrededor
de 1890, empapados en un ambiente de positivismo un
tanto rudimentario, se pudo ver cuánto se indignaban los especialistas
del método porque en los trabajos históricos la gente
daba una importancia, según ellos excesiva, a lo que llamaban la
"forma". [Arte contra ciencia, forma contra fondo:] una de tantas
querellas que bien vale mandar engrosar el expediente de la escolástica.
Ño hay menos belleza en una ecuación exacta que en
una frase precisa. Pero cada ciencia tiene su propia estética del
lenguaje. Los hechos humanos son, por esencia, fenómenos muy
delicados y muchos de ellos escapan a la medición matemática.
Para traducirlos bien, y por lo tanto para penetrar bien en ellos
(porque ¿acaso es posible comprender perfectamente lo que no se
sabe decir?), se necesita una gran finura de lenguaje[, un color
justo en el tono verbal]. Ahí donde resulta imposible calcular, se
impone sugerir. Entre la expresión de las realidades del mundo
físico y la expresión de las realidades del espíritu humano, el contraste
es, considerándolo bien, el mismo que entre la tarea del
obrero que trabaja con una fresadora y la del laudero: ambos trabajan
al milímetro, pero el primero usa instrumentos mecánicos de
precisión y el segundo se guía, ante todo, por la sensibilidad
de su oído y sus dedos. No estaría bien que el obrero se contentara
con el empirismo del laudero, ni que el laudero se pusiera a imitar
al obrero. ¿Se podrá negar que así como existe un tacto de la
mano, existe un tacto de las palabras?" (Marc Bloch, Antología para la historia o el oficio de historiador, Mejico: FCM, 2001.)
Michelet, un Fustel de Coulanges, nos enseñaron a reconocerlo: el
objeto de la historia es, por naturaleza, el hombre. mejor dicho:
los hombres. Más que el singular que favorece la abstracción, a
una ciencia de lo diverso le conviene el plural, modo gramatical
de la relatividad. Tras los rasgos sensibles del paisaje, [las herramientas
o las máquinas,] tras los escritos en apariencia más
fríos y las instituciones en apariencia más distanciadas de quienes
las establecieron, la historia quiere captar a los hombres. Quien
no lo logre nunca será, en el mejor de los casos, sino un obrero
manual de la erudición. El buen historiador se parece al ogro de la
leyenda. Ahí donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su
presa.
Del carácter de la historia como conocimiento de los hombres
se desprende su posición particular frente al problema de la expresión.
¿Es "ciencia" o "arte"? Hacia 1800, a nuestros bisabuelos
les gustaba disertar gravemente sobre este punto. Más tarde, alrededor
de 1890, empapados en un ambiente de positivismo un
tanto rudimentario, se pudo ver cuánto se indignaban los especialistas
del método porque en los trabajos históricos la gente
daba una importancia, según ellos excesiva, a lo que llamaban la
"forma". [Arte contra ciencia, forma contra fondo:] una de tantas
querellas que bien vale mandar engrosar el expediente de la escolástica.
Ño hay menos belleza en una ecuación exacta que en
una frase precisa. Pero cada ciencia tiene su propia estética del
lenguaje. Los hechos humanos son, por esencia, fenómenos muy
delicados y muchos de ellos escapan a la medición matemática.
Para traducirlos bien, y por lo tanto para penetrar bien en ellos
(porque ¿acaso es posible comprender perfectamente lo que no se
sabe decir?), se necesita una gran finura de lenguaje[, un color
justo en el tono verbal]. Ahí donde resulta imposible calcular, se
impone sugerir. Entre la expresión de las realidades del mundo
físico y la expresión de las realidades del espíritu humano, el contraste
es, considerándolo bien, el mismo que entre la tarea del
obrero que trabaja con una fresadora y la del laudero: ambos trabajan
al milímetro, pero el primero usa instrumentos mecánicos de
precisión y el segundo se guía, ante todo, por la sensibilidad
de su oído y sus dedos. No estaría bien que el obrero se contentara
con el empirismo del laudero, ni que el laudero se pusiera a imitar
al obrero. ¿Se podrá negar que así como existe un tacto de la
mano, existe un tacto de las palabras?" (Marc Bloch, Antología para la historia o el oficio de historiador, Mejico: FCM, 2001.)
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