Es necesario que miremos pensando y que pensemos mirando. Que nadie nos impida mirar y que nadie nos impida pensar.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
GOETHE Y LA LÍRICA DE LA PASIÓN
“¡Qué bien me encuentro, ahora que mi corazón puede sentir la sencilla e inocente delicia del hombre que pone en su mesa una col cultivada por su mano, y en un solo instante vuelve a disfrutar no solo esa verdura, sino todos los hermosos días, las hermosas mañanas, en que la plantó, las deliciosas tardes en que la regó y en que disfruto viendo su crecimiento continuo!... lo que ha de ser Carlota para quien esté enfermo, lo noto en mi propio mísero corazón, que está peor, ahí dentro, que muchos que sufren en el lecho del dolor… Mi corazón entero estaba lleno en ese momento: el recuerdo de tantas cosas pasadas me oprimía el alma, y las lágrimas me brotaban en los ojos…Todo el cálido sentir de corazón en la viva Naturaleza, que me invadió con tanta delicia, convirtiéndome alrededor el mundo en un paraíso, ahora [cuando las expectativas de amor con su amada han fracasado] se me convierte en un tormento insoportable, en un espíritu de sufrimiento que me persigue por todos los caminos. Cuando yo extendía antes mi mirada desde la rocas, sobre el río, hasta aquellas colinas, por encima del fértil valle; cuando veía aquellas montañas, revestidas de espesos y altos árboles desde los pies a la cabeza, y veía todo a mi alrededor manando y germinando…Delante de mi alma se ha retirado como un telón y el escenario de la vida de la vida infinita se transforma ante mí en el abismo de la tumba abierta eternamente…” (Los sufrimientos del joven Werther, J. W. Goethe en su segunda versión de 1787)
El 22 de marzo de 1832 moría en Weimar Johamn Wolfgang von Goethe contando con casi ochenta y tres años de edad y una increíblemente pródiga actividad literaria. Máximo exponente del “Sturm und Drang (tempestad e ímpetu)”, de la lírica alemanas del último tercio del siglo XVIII y comienzos del XIX. Discípulo, entre otros, de J. Gottfried von Herder, viejo amigo de su juventud revolucionaria y amigo íntimo de J. C. Friedrich Schiller, su influyente inspirador en sus fases más maduras y cuya inesperada muerte a los cuarenta y seis años provocó un claro vuelco y un retorno a la lírica más pura existencialista, y de los sentidos. Él, junto con Schiller, protagonizaron, desde 1794 y hasta la repentina muerte de éste último, la etapa más productiva y rica de la literatura alemana con obras como Alexis y Dora (1796), y Amyntas, Euphrosyne y el Balladenjahr, todas en 1797, aparte de las Xenias, escritas entre los dos y que proporcionaron a la vida literaria alemana un inusitado vigor por el movimiento ideológico que provocaron, así como también importantes obras de literatura narrativa como Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister y su inolvidable poema narrativo Hermann y Dorotea, publicado en 1797.
De él dijo Mary Anne Evans, la célebre escritora británica del XIX (George Eliot) y no sin pasión, que se trató “…del hombre más grande de la letras alemán… y el último verdadero universal que caminó sobre la tierra”, y quizás no se equivocaba en demasía porque el más puro Romanticismo que se inició en ese convulso siglo XVIII y que iba a plasmarse en todas las manifestaciones artísticas de la época, nació a su amparo y no exento de la influencia de los múltiples y vigorosos movimientos ideológicos que salpicaron a todo ese siglo. Un Romanticismo en el que se daba expresión a la subjetividad del hombre, de sus sentimientos y emociones ante la contemplación de sí mismo frente a la naturaleza y la vida de la que se reconoce formar parte inseparable y de la que nuestros fragmentos elegidos son una buena muestra, en los que los sustantivos: corazón, alma, vida, sufrimiento, alegría, dolor, florecen en su máxima expresividad.
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