"...porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere- sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano.
Porque hay otra cosa que llaman también hombre, y es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas. Y es el bípedo implume de la leyenda... el contratante social de Rousseau, el homo oeconomicus de los manchesterianos, el homo sapiens de Linneo o, si se quiere, el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí ni de esta época o de la otra, que no tiene ni sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir, un no hombre.
El nuestro es otro, el de carne y hueso; yo, tú, lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pesamos sobre al tierra.
Y este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos.
En las más de las historias de la filosofía que conozco se nos presenta a los sitemas como originándose los unos de los otros, y sus autores, los filósofos, apenas aparecen sino como meros pretextos. La íntima biografía de los filósofos, de los hombres que filosofaron, ocupa un lugar secundario. Y es ella, sin embargo, esa íntima biografía la que más cosas nos explica.
Cumplenos decir, ante todo, que la filosofía se acuesta más a la poesía que no a la ciencia... Y es que las ciencias, importándonos tanto y siendo indispensables para nuestra vida y nuestro pensamiento, nos son, en cierto sentido, más extrañas que la filosofía. Cumplen un fin más objetivo, es decir, más fuera de nosotros. Son, en el fondo, cosa de economía. Un nuevo descubrimiento científico, de los que llamamos teóricos, es como un descubrimiento mecánico; el de la máquina de vapor, el teléfono, el fonógrafo, el aeroplano, una cosa que sirve para algo. Así, el teléfono puede servirnos para comunicarnos a distancia con la mujer amada. ¿Pero ésta para qué nos sirve? Toma uno el tranvía eléctrico para ir a oir una ópera; y se pregunta: ¿Cuál es, en este caso, más útil, el tranvía o la ópera?."
(Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida)
Es necesario que miremos pensando y que pensemos mirando. Que nadie nos impida mirar y que nadie nos impida pensar.
viernes, 30 de octubre de 2009
martes, 20 de octubre de 2009
"En efecto, hace mucho que nuestros grandes antepasados, un
Michelet, un Fustel de Coulanges, nos enseñaron a reconocerlo: el
objeto de la historia es, por naturaleza, el hombre. mejor dicho:
los hombres. Más que el singular que favorece la abstracción, a
una ciencia de lo diverso le conviene el plural, modo gramatical
de la relatividad. Tras los rasgos sensibles del paisaje, [las herramientas
o las máquinas,] tras los escritos en apariencia más
fríos y las instituciones en apariencia más distanciadas de quienes
las establecieron, la historia quiere captar a los hombres. Quien
no lo logre nunca será, en el mejor de los casos, sino un obrero
manual de la erudición. El buen historiador se parece al ogro de la
leyenda. Ahí donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su
presa.
Del carácter de la historia como conocimiento de los hombres
se desprende su posición particular frente al problema de la expresión.
¿Es "ciencia" o "arte"? Hacia 1800, a nuestros bisabuelos
les gustaba disertar gravemente sobre este punto. Más tarde, alrededor
de 1890, empapados en un ambiente de positivismo un
tanto rudimentario, se pudo ver cuánto se indignaban los especialistas
del método porque en los trabajos históricos la gente
daba una importancia, según ellos excesiva, a lo que llamaban la
"forma". [Arte contra ciencia, forma contra fondo:] una de tantas
querellas que bien vale mandar engrosar el expediente de la escolástica.
Ño hay menos belleza en una ecuación exacta que en
una frase precisa. Pero cada ciencia tiene su propia estética del
lenguaje. Los hechos humanos son, por esencia, fenómenos muy
delicados y muchos de ellos escapan a la medición matemática.
Para traducirlos bien, y por lo tanto para penetrar bien en ellos
(porque ¿acaso es posible comprender perfectamente lo que no se
sabe decir?), se necesita una gran finura de lenguaje[, un color
justo en el tono verbal]. Ahí donde resulta imposible calcular, se
impone sugerir. Entre la expresión de las realidades del mundo
físico y la expresión de las realidades del espíritu humano, el contraste
es, considerándolo bien, el mismo que entre la tarea del
obrero que trabaja con una fresadora y la del laudero: ambos trabajan
al milímetro, pero el primero usa instrumentos mecánicos de
precisión y el segundo se guía, ante todo, por la sensibilidad
de su oído y sus dedos. No estaría bien que el obrero se contentara
con el empirismo del laudero, ni que el laudero se pusiera a imitar
al obrero. ¿Se podrá negar que así como existe un tacto de la
mano, existe un tacto de las palabras?" (Marc Bloch, Antología para la historia o el oficio de historiador, Mejico: FCM, 2001.)
Michelet, un Fustel de Coulanges, nos enseñaron a reconocerlo: el
objeto de la historia es, por naturaleza, el hombre. mejor dicho:
los hombres. Más que el singular que favorece la abstracción, a
una ciencia de lo diverso le conviene el plural, modo gramatical
de la relatividad. Tras los rasgos sensibles del paisaje, [las herramientas
o las máquinas,] tras los escritos en apariencia más
fríos y las instituciones en apariencia más distanciadas de quienes
las establecieron, la historia quiere captar a los hombres. Quien
no lo logre nunca será, en el mejor de los casos, sino un obrero
manual de la erudición. El buen historiador se parece al ogro de la
leyenda. Ahí donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su
presa.
Del carácter de la historia como conocimiento de los hombres
se desprende su posición particular frente al problema de la expresión.
¿Es "ciencia" o "arte"? Hacia 1800, a nuestros bisabuelos
les gustaba disertar gravemente sobre este punto. Más tarde, alrededor
de 1890, empapados en un ambiente de positivismo un
tanto rudimentario, se pudo ver cuánto se indignaban los especialistas
del método porque en los trabajos históricos la gente
daba una importancia, según ellos excesiva, a lo que llamaban la
"forma". [Arte contra ciencia, forma contra fondo:] una de tantas
querellas que bien vale mandar engrosar el expediente de la escolástica.
Ño hay menos belleza en una ecuación exacta que en
una frase precisa. Pero cada ciencia tiene su propia estética del
lenguaje. Los hechos humanos son, por esencia, fenómenos muy
delicados y muchos de ellos escapan a la medición matemática.
Para traducirlos bien, y por lo tanto para penetrar bien en ellos
(porque ¿acaso es posible comprender perfectamente lo que no se
sabe decir?), se necesita una gran finura de lenguaje[, un color
justo en el tono verbal]. Ahí donde resulta imposible calcular, se
impone sugerir. Entre la expresión de las realidades del mundo
físico y la expresión de las realidades del espíritu humano, el contraste
es, considerándolo bien, el mismo que entre la tarea del
obrero que trabaja con una fresadora y la del laudero: ambos trabajan
al milímetro, pero el primero usa instrumentos mecánicos de
precisión y el segundo se guía, ante todo, por la sensibilidad
de su oído y sus dedos. No estaría bien que el obrero se contentara
con el empirismo del laudero, ni que el laudero se pusiera a imitar
al obrero. ¿Se podrá negar que así como existe un tacto de la
mano, existe un tacto de las palabras?" (Marc Bloch, Antología para la historia o el oficio de historiador, Mejico: FCM, 2001.)
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