martes, 6 de diciembre de 2016

"...Con cuidado abrió la puerta sin hacer ruido. Allí estaba, inmóvil y sola, hoy sin ningún acompañante junto a ella, inerte. Tapada con una fina colcha que dejaba traslucir la silueta de su cuerpo. Pasó hacia dentro con sigilo y se dirigió a comprobar que todo estaba bien. Ella, con la cabeza algo ladeada hacia su derecha, no hizo ningún gesto. Tras hacer una observación visual, se dirigió a los ventanales a bajar un poco las persianas para que no entrara demasiada claridad regresando después y poniéndose en el lado opuesto de la cama, junto al armario, para observarla por unos minutos. La respiración de ella era constante; como si estuviera durmiendo plácidamente. Se fijó en su belleza, en sus rasgos faciales, en la nariz, en la boca que tenía un gesto elegante; sus ojos cerrados algo rasgados; sus cejas delgadas y separadas; sus mejillas redondeadas con leves tonos rojizos, enjutas, que dejaban ver levemente la marca de una fina mandíbula; sus labios ahora blanquecinos, delgados y herméticos; su cuello, estrecho y largo, distinguido y estilizado..." (El Tiempo con Olga)